Esta no será una Navidad normal, la tendremos que celebrar confinados y pendientes de una pandemia que está causando estragos a buena parte de las familias. Pero aun así, en grupos más pequeños, lo podremos celebrar sin riesgos. Ya llegarán años mejores.

En Cataluña, los platos más tradicionales son las sopas y caldos, l’escudella de galets amb carn d’olla, además del pollo al horno, el capón, pintada o pavo. Dependiendo de cada sitio el cordero o el cerdo también están presentes, muchas veces también al horno.

Los últimos 20 años han sido también para el marisco: bogavante, langostinos, cangrejos o también gambas. Las vieiras, almejas, ostras y otros animales con cáscara también han cogido popularidad y precio. La fuerte demanda los hace encarecer hasta precios inalcanzables para la mayoría. Ninguno de estos alimentos acaba siendo de proximidad y ni mucho menos sostenibles: de Chile, de China, de las costas Sudafricanas u otros sitios remotos.

El pollo, en algunas casas sustutituido por el marisco, ahora vuelve a resurgir con las especies avícolas más autóctonas, como el pollo de pata azul del Prat u otras razas recuperadas. En un mundo cambiante nos hace falta valorar más los productos autóctonos y de proximidad.

El gusto por comprar alimentos que no consumimos durante el año se ven en estas fiestas: caviar y angulas para los más finos, carne de camello, cocodrilo o cebra para los más osados u otros alimentos exóticos que se importan solo para satisfacer las demandas de las fiestas que van de Navidad a Reyes. Parece que los tradicionales canelones de toda la vida de la abuela ya no nos sirven para celebrar las fiestas, y eso que realmente están deliciosos.

Mi consejo es que hagamos de esta Navidad un ejemplo de consumo de proximidad, sostenible y ecológico.

Fotografía: ostras del Mercado de la Boquería, archivo personal de Jordi Sarola.